martes, 20 de septiembre de 2011

AMADEUS, AMADEUS...




Dirección: Milos Forman.
País: USA.
Año: 1984.
Duración: 180 min.
Duración original: 158 min.
Interpretación: F. Murray Abraham (Antonio Salieri), Tom Hulce (Wolfgang Amadeus Mozart), Elizabeth Berridge (Constanze Mozart), Simon Callow (Emanuel Schikaneder), Roy Dotrice (Leopold Mozart), Christine Ebersole (Caterina Cavalieri), Jeffrey Jones (Emperador José II), Charles Kay (Conde Orsini-Rosenberg), Kenneth McMillan (Michael Schlumberg).
Guión: Peter Shaffer.
Producción: Saul Zaentz.
Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Interpretada por Neville Marriner, dirigiendo a la orquesta británica The Academy of St. Martin in the Fields.
Fotografía: Miroslav Ondricek.
Montaje: T. M. Christopher.
Montaje original: Nena Danevic y Michael Chandler.
Diseño de producción: Patrizia von Brandenstein.
Dirección artística: Karel Cerny.
Vestuario: Theodor Pistek.
Decorados: Josef Svoboda.
Coreografía: Twyla Tharp.





CRÍTICA
Mateo Sancho Cardiel
Berlín, 11-Feb-2002
Con la incertidumbre que está reinando en este festival, sin que ningún nombre sea garantía absoluta de éxito, ha sido una oferta muy suculenta la reposición remasterizada y con nuevas escenas de una obra maestra sin discusión: el grandioso, sonoro y exhaustivo bio-pic de Wolfgang Amadeus Mozart llevado a cabo por Milos Forman.
Como casi siempre, presentarlo como el montaje del director es una mera excusa para traernos de nuevo (para algunos por primera vez) a la pantalla grande esta colosal obra, algo que se está potenciando al tener que hacer estos nuevos formatos para el lanzamiento en DVD. Y así, el cambio es prácticamente inapreciable, de manera que la grandiosa "Amadeus" es tan potente, magnífica y abrumadora como la que se estrenó en 1984 y que acaparó ocho premios de la Academia. Su atractivo sigue vigente tras dieciocho años y su producción sigue resultando mastondóntica.
Pero la gran virtud de esta película es que no se pierde en la recreación histórica, no se limita a ser una ostentosa vacuidad, sino que se llena de vitalidad y emoción gracias a un guión espléndido y un retrato de personajes espectacular. La rela-ción de rivalidad de Salieri hacia Mozart va mucho más allá de la mera envidia, pues se ve entrecruzada por una admiración, una pasión por la música que hace al villano de la cinta fomentar la genialidad de su competidor, porque no quiere privar al mundo del deleite de la composición de Mozart. No quiere hundirlo, sólo siente impotencia al ver cómo su talento viene de la providencia y él no es capaz de alcanzarlo ni de destruirlo por ningún medio. Esta parte de la película resulta mucho más interesante que los acontecimientos de la vida de Mozart, sus devaneos con el alcohol, las mujeres, una vida llena de excesos que, a pesar del virtuosismo y la sagacidad narrativa, pueden rozar el sensacionalismo y la sobreactuación en el actor principal, Tom Hulce, espléndido por otro lado. Pero el personaje de Salieri resulta tan sobrecogedor, tan humanamente odioso que se lleva todo el protagonismo de la película, gracias en parte a una interpretación soberbia e introspectiva de F. Murray Abraham en el papel que le ha valido el paso a la posteridad.
Y, desde luego, sin palabras se queda uno cuando asiste a una película de tres horas que tiene una banda sonora compuesta por la mayor figura musical de todos los tiempos. El placer que resulta escuchar su obra queda aún aumentado cuando la vemos puesta en escena, rodada con magnificencia por Milos Forman. Las representa-ciones de las óperas son momentos álgidos en el filme, con un tratamiento muy sensible de la iluminación y del color, con una sabia utilización de los planos y con la carga emocional que se les atribuye por lo que suponen en la vida de Mozart.
La perfección casi absoluta de la película está, además, envuelta en un diseño de vestuario y una recreación histórica barroca que deja al espectador sin aliento, y que Forman armoniza perfectamente con localiza-ciones en Viena y su sabiduría como director. Un dominio que ha dotado a toda la película de un ritmo magnífico, infatigable durante las tres horas de metraje, de un aroma provocador y polémico tremendamente sugerente y de una espectacularidad visual que convierten a "Amadeus" en una pieza de orfebrería en la Historia del Cine, un gozo absoluto para cinéfilos y melómanos.

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